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Antonio Nariño El Padre de Mi Patria

JAIME PEREA

内容LA JUVENTUD Y LOS DERECHOS DEL HOMBRE
La familia de la primera sociedad del Nuevo Reino de Granada habitaba en una de las mejores casas de Santafé de Bogotá, a orillas del cristalino río San Agustín (mansión en la que muchos años después funcionaría el palacio presidencial de Colombia). El señor, don Vicente Nariño Vásquez, español, había llegado a Santafé en 1751 con el alto cargo burocrático de ‘Contador Mayor’ y se había casado en 1758 con doña Catalina Álvarez del Casal, criolla santafereña, hija de españoles importantes, pues su padre fue Fiscal de la Real Audiencia.
El 9 de abril de 1765 doña Catalina dio a luz en dicha casona al tercero de sus hijos varones, a quien llamó Antonio. Al contrario de sus hermanos mayores, Antonio fue niño enfermizo y cuando llegó a edad escolar no pudo ir al colegio porque, según el médico José Celestino Mutis, los frecuentes ataques de asma lo habrían embrollado en comunidad.
Contracambio Antonio mostró notable inteligencia y bajo la guía de doña Catalina pronto aprendió a leer. La infancia se le pasaría entre libros o a caballo, el otro pasatiempo que le daba grandes goces al devorar distancias e inhalar los efluvios vegetales sabaneros.
Cuando Antonio se aproximaba a su adolescencia murió su padre. Duro golpe que, sin embargo, a trueque, le permitió el acceso a la privativa biblioteca del viejo, en la que descifró un centenar de libros y a los 16 años de edad ya era patente su fama local de juicioso.
Por aquel entonces llegó a Santafé la noticia sobre un alzamiento del pueblo en la población de El Socorro y la marcha de esas huestes, con ánimo belicoso, en dirección a la capital del país. Por liga con algo sucedido dos siglos antes en la madre patria y medio siglo antes en Paraguay, los hispanos llamaron a este jaleo, como a los otros: “movimiento comunero”.
El distinguido joven Antonio Nariño se valió de sus selectas conexiones y se alistó en la milicia del rey, para defender a su ciudad de las montoneras. Pronto aprendió a manejar las rudimentarias armas, dominó los ejercicios de caballería y recibió el grado de ‘Subteniente Abanderado del Régimen de Milicias Urbanas’.
En tal ejército de mentirijillas, que nunca pelearía contra Los Comuneros, Antonio Nariño oyó hablar entre algunos jóvenes acerca de otro valioso representante de la cultura en la nueva generación, un tal Pedro Fermín de Vargas, cuyas ideas dizque denotaban alboroto. Nariño buscó el contacto por medio de catacaldos, pues Vargas no figuraba en su círculo.
Resultó ser Vargas uno de los tantos muchachos de provincia que venían a estudiar en Santafé. Recién graduado de jurista en el Colegio Mayor del Rosario, vivía de lo poco que le mandaban los padres desde San Gil, su tierra de origen. Era tres años mayor que Nariño, pero desde que se vieron simpatizaron, incluso por el parecido físico.
Vargas invitó a Nariño a su vivienda, una pieza de alquiler en el segundo patio de un caserón, en la Calle de las Siete Vueltas del barrio Santa Bárbara. En ordinario estante fijo a la pared, tenía Vargas por lo menos quinientos libros que, para su edad y su época, constituían enorme biblioteca.
En la pieza de Vargas se veían, además, un par de taburetes, una mesa llena de libros en desorden, con un pequeño espacio libre para escribir (tintero y pluma). En un rincón cama sencilla y mesita de noche con un candil y tres libros. Nariño se complació con aquel pobre recinto que le pareció un santuario.
La cultura de Vargas era superior a la de Nariño y por ello su influencia si no inmediata fue decisiva en el futuro de quien la historia señalaría como Precursor de la Independencia colombiana.

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